Intuición

Pero cada día tendía más a fotografiar momentos de mi vida y a usar esa cámara vieja que compré en Berlín. No tenía fotómetro, el enfoque era por estima y el encuadre aproximado. Pero se plegaba y era hermosa. Podía seguir disparando en 6×6 y llevarla en un bolsillo. Por obligación tenía que entender la luz, el espacio y la distancia. Todo era más lento, más azaroso. Mis fotos se iban haciendo más oscuras y no me refiero solo a las nocturnas. Fotografiaba el sexo, los viejos solitarios de la calle, los paisajes tristes.

Había hecho cursos con fotógrafos, críticos y comisarios. Cada vez estaba más imbuido en las posibilidades y connotaciones de lo fotográfico. Leía mucho ensayo y analizaba mucha fotografía. Entendía cada vez más lo inagotable de este medio e iba encontrado poco a poco la honestidad en mis imágenes. Mi opinión se iba formando. Los años no pasan en balde.

Ya para entonces me había ido de la escuela de fotografía para montar mi propio espacio. Quería hacerlo a mi manera y los años iban pasando. Era el momento. Un antiguo alumno y amigo me ofreció colaborar en el proyecto. Busque un local y encontré uno fantástico. Hipotequé mi casa y lo compramos a medias. Comenzaba El Fotómata.