Lanzarote

 

Viví en Lanzarote durante seis meses. Allí hacía fotos de la isla para venderlas al Cabildo y los turistas. Pensé que el blanco y negro gustaría a la gente. La recorría con trípode y Rolleiflex por sus caminos de polvo volcánico y arena. La imagen en silencio, en la realidad el sonido casi permanente de los alisios. Desde el avión cuando aterrizas parece que apenas hay nada en esa extensión casi desértica de tierra oscura. Necesitas buscar y mirar con atención lo inagotable que se esconde en esa nada. Y cuando, tras andar entre la lava llegas al tesoro que no esperabas, el tiempo no solo lo detiene tu cámara. Realmente, como casi siempre, la fotografía es la excusa perfecta para aprender otras cosas. Aprender a detenerse, a observar el paso de las nubes y sus formas, a descubrir entre lo aparentemente igual todas sus diferencias, a mirar cómo la profundidad de la naturaleza del mundo es la madre de todo lo que somos o creamos.
Después volví otras muchas veces e hice fotos ocasionales en mis paseos por la isla. Lo único que une estas últimas a aquellas primeras es que se hicieron allí.